Hace tiempo que quería dedicar un espacio a un tema que siempre me ha producido especial fascinación: las antiguas torres costeras de Mallorca. Estas singulares construcciones defensivas cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, han formado parte del paisaje desde casi siempre y han sido una constante en mis innumerables incursiones por el litoral de la isla. Las torres, auténticos elementos «parlantes» del patrimonio —como bien describe Carlos Garrido en este artículo— hablan de muchas cosas. De la tranquila vida isleña permanentemente amenazada por la invasión pirata. De las penurias económicas del pueblo para poder construirlas. De la dura profesión de vigía.
El libro «Fortificaciones Costeras de Mallorca» del Sr. Juan González de Chaves Alemany (Colegio Oficial de Arquitectos de Baleares, 1986) me ha permitido disfrutar de un apasionante viaje al pasado. Un flashback de decenas de siglos que me han dado a conocer una enorme cantidad de detalles que desconocía y que, a continuación, intento sintetizar acompañando fotos mías y otras de diversas procedencias.
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La Torre d’Albarca (Artà) —construída en 1562— tenía categoría de torre defensiva ya que contaba con artillería.
Como testigo de antiguas épocas siniestras, en su azotea descansan aún los restos de un pesado cañón (imagen inferior)
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Las islas Baleares, situadas en el extremo occidental del Mediterráneo, han sido desde hace milenios un importante punto de tránsito marítimo. Desde mercantes fenicios, egipcios, griegos, cartagineses, romanos o bizantinos hasta piratas de cualquier pueblo Mediterráneo, todos han calado en la isla de Mallorca. La inseguridad de vivir en la cercanía de la costa se refleja con la ausencia de poblaciones en el litoral.
Tras la reconquista cristiana de Mallorca en 1229 por el rey Jaime I el conquistador, las invasiones piratas en la isla eran una constante que se mantendría durante más de medio milenio. En el siglo XIV, el imperio Otomano -de religión islámica- comenzó una rápida expansión desde su origen -la actual Turquía- hacia los tres continentes: Europa, Africa y Asia. En el siglo XVI y XVII y en su imparable afán de conquista, dicho imperio ya se había extendido hasta el golfo de Venecia y la actual Melilla. Es decir, dominaban tres cuartas partes de la cuenca mediterránea. Esta situación tan abrumadora hacía del peligro de invasión una amenaza más patente que nunca. A veces, las naves llegaban a docenas. Los guerreros estaban bien equipados para la lucha, en contraste con los insulares cuyos recursos de defensa eran precarios y en la mayoría de los casos se limitaba a un refugio fortificado. La población era víctima sistemática de matanzas y saqueos. Los corsarios capturaban cuantas personas podían para más tarde pedir rescate por ellos o bien venderlos como esclavos en su tierra. |
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Las crónicas nos recuerdan con especial énfasis los ataques de Valldemossa en 1545, de Sóller en 1542, de Andratx en 1558 y el de Pollensa en 1550. Estos tres últimos se homenajean anualmente para conmemorar la derrota de los piratas. Son las populares fiestas de «Moros y Cristianos». Destaca la representación, en la calle principal de Pollensa, del encuentro de los piratas —capitaneados por el corsario turco Dragut— con el pueblo enfrentándose a vida o muerte.
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A mediados del siglo XVI se produjo un recrudecimiento de las incursiones piratas. Es entonces cuando se decide estructurar y regularizar la vigilancia costera. Con grandes penurias económicas, se inicia la construcción de torres de vigía y de defensa en puntos estratégicos a lo largo del litoral de la isla —con su correspondiente personal de vigilancia— de tal forma que éste pudiera dar aviso a las poblaciones o alquerías cercanas de posibles desembarcos. El ataque más grave de las islas Baleares lo ostenta la vecina isla de Menorca. En Julio de 1558, una poderosa armada turca al mando del Visir turco Piali —compuesta de 140 naves con 15.000 guerreros— sitió durante ocho días la población de Ciutadella, que sólo contaba con pocos centenares de hombres para defenderse. La resistencia fue encarnizada pero inútil, los asaltantes lograron abrir una brecha en las murallas de la ciudad. Hubo centenares de muertos. Todos los habitantes de Ciutadella que sobrevivieron a la derrota (3.099) fueron capturados como esclavos, junto con otros muchos naturales de otras poblaciones de la isla, hasta llegar a 3.452 almas. Posteriormente, en el marco de una operación iniciada por las autoridades menorquinas, el Rey Felipe II de España organizó un rescate para recuperar a los cautivos, sufragado en gran parte por limosnas de toda España, pero muy pocos volvieron.
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En 1595, Mallorca ya cuenta con 30 atalayas y se proyectan otras con la idea de completar el perímetro de la isla. Muchas de ellas están construídas aprovechando restos mucho más antiguos de las diversas civilizaciones que poblaron la isla. Nace el Cuerpo de Torreros («talaiers»), una profesión peligrosa, sacrificada, solitaria y mal remunerada. Los sueldos eran tan bajos que muchas veces se adjudicaban por subasta. Al situarse en puntos remotos e inhóspitos de la isla, las condiciones de vida en las torres eran particularmente duras. Los torreros tenían la obligación de permanecer -al menos uno de ellos- contínuamente alerta. En caso de invasión, solían ser los primeros en caer en las manos del enemigo.
Las torres se dividían en dos grandes grupos:
1) Torres de vigilancia: dedicadas únicamente a enviar señales.
2) Torres de defensa: estaban provistas de una muy limitada artillería para intentar hacer frente al invasor.
Para aprovechar lo más eficazmente posible la cadena de torres costeras, Juan Baptista Binimelis (1539-1616) —doctor en medicina, historiador, matemático, astrónomo y eclesiástico— ideó un ingenioso sistema basado en señales visuales creadas con fuego, por el que las torres se comunican entre sí, de tal forma que, en caso de avistar naves desconocidas, podían avisar de su presencia a grandes distancias. Este sistema consistía en «ahumadas» —hogueras con abundante humo— durante el día y vistosas piras de fuego durante la noche. Si una torre advertía la presencia de naves invasoras en el mar, se enviaban señales a la torre más cercana, la cual, a su vez, la enviaba a la siguiente, y así sucesivamente a lo largo de toda la costa. Así, las poblaciones más cercanas recibían la advertencia con suficiente tiempo para refugiarse de un posible ataque. El destino final de toda señal, tras haber recorrido cualquier porción de costa, era la Torre de l’Angel, en el palacio de la Almudaina de Palma.
Todo el protocolo en torno al sistema de señales estaba especificado en un reglamento. En 1719 se perfeccionó, dando lugar a las llamadas «Ordenanses de les Torres de Fochs del Recne», conjunto de ordenanzas inspiradas en el procedimiento inicial del Dr. Binimelis. Entre otros detalles, especifica cuánta pólvora puede llegar a gastarse para encender la hoguera o cómo avisar del número de naves avistadas a base de intermitencias de fuego y espacios de tiempo entre ellas.
Obviamente, la climatología jugaba un papel decisivo para este primitivo sistema de avisos. Con frecuencia, varias de las torres se ocultaban tras espesas nieblas, lo que interrumpía la comunicación. En algunos casos, las torres distaban entre sí hasta 20 kms. en línea recta, con la consiguiente dificultad para apreciar la señal. Como complemento a este rudimentario sistema, existía la figura de la «guardia secreta», individuos estratégicamente posicionados en las proximidades de las torres que habitaban en barracas o cuevas a lo largo de la costa. La guardia secreta captaban los avisos de las torres más próximas y por su cuenta los transmitían a las poblaciones más próximas desplazándose a caballo o bien haciendo sonar con gran habilidad el «abalot» (cuerno marino).
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Cadena de torres de señales alrededor del perímetro de Mallorca, en funcionamiento desde el siglo XIII hasta el XIX. Las flechas indican el sentido de las señales, siempre en dirección a la Torre de l’Angel en Palma. No se incluyen las torres y demás fortificaciones de ámbito defensivo.
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El destino final de todas las señales de aviso: la palmesana torre del Angel, también conocida como del Homenaje. Corona el conjunto del palacio de la Almudaina, construído en el siglo XIII sobre el antiguo alcázar que presidía la Medina Mayurqa árabe. Desde la torre se domina toda la bahía, gran parte de la ciudad y el interior de la isla. Está rematada con una estatua-veleta forrada de bronce que representa la figura del arcángel San Gabriel, custodio de la ciudad y del entonces reino de Mallorca. Fue ordenada por el rey Sancho en 1312 y es obra del artista Francisco Campedroni, natural de Perpignan.
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La torre del Angel, muy identificada con el conjunto de la Catedral de Mallorca por su proximidad.
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