Pocos elementos naturales llaman tanto la atención como la nieve. Durante un lapso de tiempo, parece como si el paisaje de siempre fuera reemplazado por otro completamente nuevo, provocando una sensación de sorpresa y admiración. Cualquier paisaje, por pobre que sea, se convierte en una superficie inmaculada de texturas delicadas y donde la luz —y por tanto, el color— juegan un papel especial.

Una extensión de càrritx (Ampelodesma mauritanica) en el monte se adivina bajo una gruesa capa de nieve. El cielo despejado produce sombras intensamente azules que contrastan vivamente con las zonas blancas orientadas al sol. El sol invernal está mucho más bajo sobre el horizonte que en verano, gracias a ello aparecen abundantes sombras que confieren plasticidad y relieve al motivo.
Camí de ses Voltes, puig den Galileu, febrero 2012.

Un cielo cubierto sobre un paisaje nevado transforma su aspecto por completo. La luz solar atraviesa las nubes, dispersando los rayos de luz en todas direcciones. El contraste desaparece, no existe sensación de relieve y la gama de colores —tan vívidos al sol— se reduce drásticamente. Las fotografías parecen tomadas en blanco y negro.
Coma de n’Arbona, Puig Major, una mañana de febrero 2012.

Nieve y nubes: la combinación más habitual en la montaña. En este caso, en Mallorca, al contar con la presencia próxima del mar, el conjunto gana en interés. Una “solución” fotográfica nada sencilla con la que compensar de alguna forma un motivo plomizo.
Serra del Cavall Bernat, Pollensa, febrero 2012.

Un término medio: ausencia de nubes y atmósfera cargada de humedad/suciedad. En los extremos del día, la luz pierde intensidad y los colores saturación. El contraste es tan bajo que luces y sombras casi se confunden. A ojos vista, una escena que podríamos calificar de “sosa”. Sin embargo, para el fotógrafo de paisaje representa una oportunidad inmejorable para obtener el mejor partido de un revelado digital del archivo Raw. Fotográficamente, las propiedades de esta luz de bajo contraste son muy similares a la «hora azul» tan preciada por cineastas y fotógrafos.
Puig Major al atardecer, febrero 2012. Teleobjetivo de 600mm, réflex full frame.

El máximo dramatismo en un paisaje vestido de blanco viene de la mano del sol naciente o poniente, en un día de cielos limpios y despejados o de escasa nubosidad. El paisaje nevado “reacciona” de una manera muy particular a la luz del sol en esos breves instantes sobre el horizonte («hora dorada») y debajo de él («hora azul»). El sol tiñe la nieve de los tonos cálidos más delicados, mientras las sombras lucen una amplia gama de los más sutiles azules y malvas, creando un contraste cromático casi irreal entre ambos y convirtiendo cualquier motivo en un espectáculo tan vistoso como efímero.
Fotográficamente, la dificultad de captar un conjunto tan complejo de luz y color se une a la de un revelado digital complejo.
Puig den Galileu, poco antes de la puesta de sol. Febrero 2012.

El puig de Massanella y la serra des Teixos durante el crepúsculo o la «hora azul».
Panorama compuesto por 3 fotografías. Febrero 2012.

La agulla des Frare y la Monja Prima (Puig Major) parecen incandescentes durante los primeros rayos de sol. Febrero 2012.

La noche limpia y despejada depara una oportunidad más para disfrutar del encanto del blanco elemento. Al ser el color más brillante, cualquier paisaje nevado destaca en la nocturnidad, incluso sin presencia de la luna. Oportunidad perfecta para combinarlo con un cielo estrellado. Pero la limitación a la que nos vemos sometidos los fotógrafos nocturnos en Mallorca es importante: la tremenda polución lumínica que genera la isla da al traste prácticamente con cualquier intento. El alumbrado generado por los núcleos urbanos es tan potente que literalmente ilumina las montañas y el cielo. Puntos tan brillantes como el aeropuerto contribuyen claramente a iluminar la serra de Tramuntana.
Puig de Massanella y el interior de la isla. Noche de luna nueva, febrero 2012. Composición panorámica de 3 fotografías.
Nikon 17-35mm f/2.8 por cortesía de Luís Alberto Domínguez.

Aún estando a espaldas de los núcleos urbanos, el extenso resplandor de luz artificial en el cielo sigue interfiriendo en el paisaje, aunque en menor medida puesto que la mayor parte de la luz ya no incide directamente sobre las laderas de las montañas. El paisaje nevado nocturno en Mallorca, disciplina especialmente crítica.
Camí de ses Voltes, puig den Galileu. Bosc des Guix, Lluc, Tomir, el port d’Alcúdia y Ciutadella de Menorca. Febrero 2012.
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