Blog de Marcos Molina

24 Agosto 2008, Domingo

Foto publicada en revista «Viajes» 9/2008

Archivado en: Paisaje — Etiquetas:, , , — Marcos Molina @ 6:20 pm

El número actual de la revista «Viajes/National Geographic» (nº 102) con portada dedicada a Islandia, viene con un especial dedicado a la isla: «Mallorca, la sugerente costa norte». Entre otras fotografías, aparece una de mi cosecha; una font de sa Costera tomada el pasado 21 de Mayo.
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22 Agosto 2008, Viernes

Las torres costeras de Mallorca (I)

Hace tiempo que quería dedicar un espacio a un tema que siempre me ha producido especial fascinación: las antiguas torres costeras de Mallorca. Estas singulares construcciones defensivas cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, han formado parte del paisaje desde casi siempre y han sido una constante en mis innumerables incursiones por el litoral de la isla.  Las torres, auténticos elementos «parlantes» del patrimonio —como bien describe Carlos Garrido en este artículo— hablan de muchas cosas. De la tranquila vida isleña permanentemente amenazada por la invasión pirata. De las penurias económicas del pueblo para poder construirlas. De la dura profesión de vigía.

El libro «Fortificaciones Costeras de Mallorca» del Sr. Juan González de Chaves Alemany (Colegio Oficial de Arquitectos de Baleares, 1986) me ha permitido disfrutar de un apasionante viaje al pasado. Un flashback de decenas de siglos que me han dado a conocer una enorme cantidad de detalles que desconocía y que, a continuación, intento sintetizar acompañando fotos mías y otras de diversas procedencias.
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La Torre d’Albarca (Artà) —construída en 1562— tenía categoría de torre defensiva ya que contaba con artillería.
Como testigo de antiguas épocas siniestras, en su azotea descansan aún los restos de un pesado cañón (imagen inferior)
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Las islas Baleares, situadas en el extremo occidental del Mediterráneo, han sido desde hace milenios un importante punto de tránsito marítimo. Desde mercantes fenicios, egipcios, griegos, cartagineses, romanos o bizantinos hasta piratas de cualquier pueblo Mediterráneo, todos han calado en la isla de Mallorca. La inseguridad de vivir en la cercanía de la costa se refleja con la ausencia de poblaciones en el litoral.

Tras la reconquista cristiana de Mallorca en 1229 por el rey Jaime I el conquistador, las invasiones piratas en la isla eran una constante que se mantendría durante más de medio milenio. En el siglo XIV, el imperio Otomano -de religión islámica- comenzó una rápida expansión desde su origen -la actual Turquía- hacia los tres continentes: Europa, Africa y Asia. En el siglo XVI y XVII y en su imparable afán de conquista, dicho imperio ya se había extendido hasta el golfo de Venecia y la actual Melilla. Es decir, dominaban tres cuartas partes de la cuenca mediterránea. Esta situación tan abrumadora hacía del peligro de invasión una amenaza más patente que nunca. A veces, las naves llegaban a docenas. Los guerreros estaban bien equipados para la lucha, en contraste con los insulares cuyos recursos de defensa eran precarios y en la mayoría de los casos se limitaba a un refugio fortificado. La población era víctima sistemática de matanzas y saqueos. Los corsarios capturaban cuantas personas podían para más tarde pedir rescate por ellos o bien venderlos como esclavos en su tierra.

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Las crónicas nos recuerdan con especial énfasis los ataques de Valldemossa en 1545, de Sóller en 1542, de Andratx en 1558 y el de Pollensa en 1550. Estos tres últimos se homenajean anualmente para conmemorar la derrota de los piratas. Son las populares fiestas de «Moros y Cristianos». Destaca la representación, en la calle principal de Pollensa, del encuentro de los piratas —capitaneados por el corsario turco Dragut— con el pueblo enfrentándose a vida o muerte.
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A mediados del siglo XVI se produjo un recrudecimiento de las incursiones piratas. Es entonces cuando se decide estructurar y regularizar la vigilancia costera. Con grandes penurias económicas, se inicia la construcción de torres de vigía y de defensa en puntos estratégicos a lo largo del litoral de la isla —con su correspondiente personal de vigilancia— de tal forma que éste pudiera dar aviso a las poblaciones o alquerías cercanas de posibles desembarcos. El ataque más grave de las islas Baleares lo ostenta la vecina isla de Menorca. En Julio de 1558, una poderosa armada turca al mando del Visir turco Piali —compuesta de 140 naves con 15.000 guerreros— sitió durante ocho días la población de Ciutadella, que sólo contaba con pocos centenares de hombres para defenderse. La resistencia fue encarnizada pero inútil, los asaltantes lograron abrir una brecha en las murallas de la ciudad. Hubo centenares de muertos. Todos los habitantes de Ciutadella que sobrevivieron a la derrota (3.099) fueron capturados como esclavos, junto con otros muchos naturales de otras poblaciones de la isla, hasta llegar a 3.452 almas. Posteriormente, en el marco de una operación iniciada por las autoridades menorquinas, el Rey Felipe II de España organizó un rescate para recuperar a los cautivos, sufragado en gran parte por limosnas de toda España, pero muy pocos volvieron.
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En 1595, Mallorca ya cuenta con 30 atalayas y se proyectan otras con la idea de completar el perímetro de la isla. Muchas de ellas están construídas aprovechando restos mucho más antiguos de las diversas civilizaciones que poblaron la isla. Nace el Cuerpo de Torreros («talaiers»), una profesión peligrosa, sacrificada, solitaria y mal remunerada. Los sueldos eran tan bajos que muchas veces se adjudicaban por subasta. Al situarse en puntos remotos e inhóspitos de la isla, las condiciones de vida en las torres eran particularmente duras. Los torreros tenían la obligación de permanecer -al menos uno de ellos- contínuamente alerta. En caso de invasión, solían ser los primeros en caer en las manos del enemigo.

Las torres se dividían en dos grandes grupos:

1) Torres de vigilancia: dedicadas únicamente a enviar señales.
2) Torres de defensa: estaban provistas de una muy limitada artillería para intentar hacer frente al invasor.

Para aprovechar lo más eficazmente posible la cadena de torres costeras, Juan Baptista Binimelis (1539-1616) —doctor en medicina, historiador, matemático, astrónomo y eclesiástico— ideó un ingenioso sistema basado en señales visuales creadas con fuego, por el que las torres se comunican entre sí, de tal forma que, en caso de avistar naves desconocidas, podían avisar de su presencia a grandes distancias. Este sistema consistía en «ahumadas» —hogueras con abundante humo— durante el día y vistosas piras de fuego durante la noche. Si una torre advertía la presencia de naves invasoras en el mar, se enviaban señales a la torre más cercana, la cual, a su vez, la enviaba a la siguiente, y así sucesivamente a lo largo de toda la costa. Así, las poblaciones más cercanas recibían la advertencia con suficiente tiempo para refugiarse de un posible ataque. El destino final de toda señal, tras haber recorrido cualquier porción de costa, era la Torre de l’Angel, en el palacio de la Almudaina de Palma.

Todo el protocolo en torno al sistema de señales estaba especificado en un reglamento. En 1719 se perfeccionó, dando lugar a las llamadas «Ordenanses de les Torres de Fochs del Recne», conjunto de ordenanzas inspiradas en el procedimiento inicial del Dr. Binimelis. Entre otros detalles,  especifica cuánta pólvora puede llegar a gastarse para encender la hoguera o cómo avisar del número de naves avistadas a base de intermitencias de fuego y espacios de tiempo entre ellas.

Obviamente, la climatología jugaba un papel decisivo para este primitivo sistema de avisos. Con frecuencia, varias de las torres se ocultaban tras espesas nieblas, lo que interrumpía la comunicación. En algunos casos, las torres distaban entre sí hasta 20 kms. en línea recta, con la consiguiente dificultad para apreciar la señal. Como complemento a este rudimentario sistema, existía la figura de la «guardia secreta», individuos estratégicamente posicionados en las proximidades de las torres que habitaban en barracas o cuevas a lo largo de la costa. La guardia secreta captaban los avisos de las torres más próximas y por su cuenta los transmitían a las poblaciones más próximas desplazándose a caballo o bien haciendo sonar con gran habilidad el «abalot» (cuerno marino).

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Cadena de torres de señales alrededor del perímetro de Mallorca, en funcionamiento desde el siglo XIII hasta el XIX. Las flechas indican el sentido de las señales, siempre en dirección a la Torre de l’Angel en Palma. No se incluyen las torres y demás fortificaciones de ámbito defensivo.
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El destino final de todas las señales de aviso: la palmesana torre del Angel, también conocida como del Homenaje. Corona el conjunto del palacio de la Almudaina, construído en el siglo XIII sobre el antiguo alcázar que presidía la Medina Mayurqa árabe. Desde la torre se domina toda la bahía, gran parte de la ciudad y el interior de la isla. Está rematada con una estatua-veleta forrada de bronce que representa la figura del arcángel San Gabriel, custodio de la ciudad y del entonces reino de Mallorca. Fue ordenada por el rey Sancho en 1312 y es obra del artista Francisco Campedroni, natural de Perpignan.

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La torre del Angel, muy identificada con el conjunto de la Catedral de Mallorca por su proximidad.
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21 Agosto 2008, Jueves

Las torres costeras de Mallorca (y II)

Archivado en: Paisaje — Etiquetas:, , , , , , , , , , , , — Marcos Molina @ 12:39 am

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El cometido de las torres de señales exigía se ubicaran en puntos estratégicos que solían coincidir con enclaves geográficos de amplias y despejadas vistas, como por ejemplo la torre de Lluc, audazmente edificada en 1605 sobre una afilada cresta cortada a pico sobre el mar, en lo más recóndito e inhóspito del litoral de Escorca. Cuatrocientos años después sorprende comprobar cómo se mantiene en pie gran parte de su estructura, aunque en un imparable estado de deterioro.
Fotografía tomada desde el mar. Al fondo se alza la máxima elevación de la isla, el Puig Major (1436 m).

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A medida que pasa el tiempo, el sistema de señales se moderniza, sufriendo ligeras variaciones. Por ejemplo, en los siglos XVIII y XIX la mayoría de torres se equipan con limitada artillería, por lo que las «ahumadas» se realizan con disparos de cañón sin bala en lugar de señales de fuego. La base del procedimiento de Binimelis se mantuvo vigente hasta la desaparición de la amenaza pirata, que tuvo lugar en 1820 con la conquista de Argel por los franceses.

Más tarde, una vez extinguido el peligro de invasión, muchas de las torres siguieron teniendo otros usos:

Vigilancia del tráfico de contrabando – Es decir, la introducción de género y mercancías al margen del sistema fiscal. Esta ha sido una constante en la historia de Mallorca. Los puntos de origen del material eran los puertos del Mediterráneo occidental, como Marsella y Génova, y el litoral del Magreb (colonias francesas). El tabaco, sobre todo, era el género de contrabando por excelencia. La larga línea de la costa del litoral mallorquín, con numerosos puntos accesibles para desembarcar la mercancía, ofrecía unas condiciones ideales para la práctica del contrabando. Esta actividad contaba, en Mallorca, con una sólida base social: desde la nobleza y la burguesía mercantil, que la financiaban, los patrones, que transportaban la mercancía, hasta los payeses y los menestrales, que la ocultaban en los escondrijos y la distribuían. La figura del contrabandista estaba, además, muy valorada socialmente. Las clases populares encubrían a los contrabandistas y, al mismo tiempo, se beneficiaban de esta práctica que les proporcionaba trabajo bien remunerado y mercancías a buen precio. Hasta la guerra civil (1936-1939), el cuerpo de carabineros, creado en 1829, era el encargado de perseguir las actividades de contrabando en las costas y las fronteras. Aún así, eran frecuentes los sobornos para que los carabineros permitiesen que la mercancía pudiera llegar y ser distribuida. Entre 1940 y 1955 se incrementó notablemente el contrabando de alimentos (azúcar, harina y café) indispensables para la subsistencia de una población sometida a las penurias de la posguerra.

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La torre de sa Pedrissa (1614) —hoy casi oculta por el pinar— estratégicamente emplazada en el prominente cabo del mismo nombre, sigue presidiendo la costa de Valldemossa, Deià y Sóller.
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Control aéreo - La utilidad más reciente que se le atribuye a las torres fue durante la segunda guerra mundial (1939-1945). En esta ocasión, la posible amenaza no procedía del mar, sino del cielo. A pesar de la neutralidad española en la contienda internacional, el General Franco quiso mantener vigilado el espacio aéreo en caso de posibles ofensivas. Algunas de las toscas torres de piedra se habilitaron una vez más como puntos de observación, en las que personal militar detectaba la presencia de aviones de combate extranjeros. Como referencia visual, en la bóveda del interior de las torres se pintaron con sumo detalle y a todo color las figuras de los aviones de combate alemanes y británicos. Una vez terminada la guerra, estos «frescos» se mantuvieron en excelente estado de conservación hasta mediados de los años ochenta. Yo mismo recuerdo haberlos visto con mis propios ojos en el techo de la torre d’Albercutx (Pollensa) y en la garita adyacente a la torre de Son Galcerán (Valldemossa). Años más tarde, debido a los actos vandálicos y a diversos programas de «restauración», estas pinturas desaparecieron para siempre.
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A día de hoy, la situación del conjunto de estas torres es muy dispar. Gran parte de ellas ha desparecido, ya sea por vandalismo (especulación urbanística incluída) o por abandono. La mayoría del resto se encuentra en un estado precario. A pesar de los programas oficiales de recuperación, las reformas brillan por su ausencia. Muchas de las torres están a punto de sufrir su último desplome para convertirse en meros montones de piedras y tierra. Dependiendo del municipio en que se ubican, muchas han sido objeto de una cuidadosa restauración, y en algunos pocos casos, sus dueños han invertido un importante esfuerzo para dejarlas casi mejor que nuevas.
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La situación estratégica de algunas torres, convertía el lugar en un mirador privilegiado de vistas espectaculares.
En la fotografía, parte del panorama que se divisa desde la torre d’Albercutx, construída en 1597.
Izq: Península y playa de Formentor. Der: bahía de Pollensa y península de Alcúdia.
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La torre des Bosc (o de sa Calobra), levantada en 1605 sobre un acantilado que domina la ensenada del Torrent de Pareis, está hoy sumida en un total abandono. Amenaza con desplomarse y caer sobre las instalaciones turísticas unos 200 m. precipicio abajo.
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La torre de cala en Basset (1583), en Andtratx, goza de mediana salud aunque necesita atención para detener su constante deterioro. Al fondo, el cabo Llebeig de la Dragonera.

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Casas de Sant Vicenç, Pollensa. Otra muestra de vivienda con fortificación incluída debido a su proximidad con el mar y el riesgo que ello suponía.

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Una perspectiva inusual de la Talaia d’Albercutx, de 390 mts, con su correspondiente torre en la cima (año 1597). Adyacentes, se aprecian las instalaciones militares que Franco ordenó construír en la segunda guerra mundial. Este pequeño punto de vigilancia complementaba la torre vigía, pero sus obras no se concluyeron y por tanto no se llegaron a emplear nunca.
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10 Agosto 2008, Domingo

Luces del Sur

Archivado en: Paisaje, Panorámicas — Etiquetas:, , , , , , , , — Marcos Molina @ 7:46 pm

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Gama de azules y verdes salpicados por el blanco cegador de la arena. Sistema dunar de Es Trenc. Al fondo, archipiélago de Cabrera
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Canon Eos 5D • Canon 24-105 a 85mm • 1/90 seg • f/13 • Iso 100 • Filtro polarizador • 3 capturas Raw • Ajustes en Photoshop CS3 • Panorama en PTGui Pro
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Detalle de un exquisito y fragante Lirio de Mar (Pancratium Maritimum). Florece cuando más calor hace brotando de entre la abrasadora arena.
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Canon Eos 5D • Canon 24-105 a 105mm • 1/500 seg • f/6,7 • Iso 50 • Captura Raw • Ajustes en Photoshop CS3
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Detalle de la Cala des Caragol. Uno de tantos búnkers —construídos por Franco alrededor de 1940— que permanecen en pie en multitud de playas mallorquinas
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Canon Eos 5D • Canon 24-105 a 58mm • 1/125 seg • f/16 • Iso 100 • Filtro polarizador • 3 capturas Raw • Ajustes en Photoshop CS3 • Panorama en PTGui Pro
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Las transparentes aguas del Cabo de Ses Salines ofrecen un buen primer plano que contrastan con los lejanos acantilados del archipiélago de Cabrera, acercados con un potente teleobjetivo.
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Canon Eos 5D • Canon 100-400 a 340mm • 1/60 seg • f/11 • Iso 200 • Filtro polarizador • Captura Raw • Ajustes en Photoshop CS3
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8 Agosto 2008, Viernes

La Cala dels Marbres

Archivado en: Paisaje, Panorámicas — Etiquetas:, , , , — Marcos Molina @ 8:20 pm

Una última referencia de este personal paseo por las playas del sur que considero más significativas.
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Más allá del Cabo de Ses Salines, remontando la costa hacia Santanyí, por entre el roquedo y la extensa garriga surge una gema oculta: la Cala dels Marbres.
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Cala dels Marbres
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Canon Eos 5D • Canon 24-105 a 28mm • 1/125 seg • f/11 • Iso 100 • Filtro polarizador • 7 capturas Raw • Ajustes en Photoshop CS3 • Panorama en PTGui Pro
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Como un pequeño cañón, la cala se abre en medio de esta áspera costa entre sendas paredes verticales y brillante fondo arenoso que desemboca suavemente hacia el mar desde el lecho del torrente. Un delicioso rincón poco conocido —debido a su difícil acceso— convenientemente protegido por un entorno privado.
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